Las costureras de la fiesta

CULTURA VIVA

Diez muchachas y mujeres cartageneras están cosiendo desde hace varios meses en el Taller-Escuela Memoria en las Manos: una iniciativa de largo aliento para preservar el vestuario y los accesorios asociados a nuestra cultura y folklore. También para abrir una fuente de sustento para getsemanicenses de manos expertas. 

Es una tarde de noviembre, ya casi llegan las fiestas. La sala de la casa de Nilda Meléndez, la reina vitalicia del Cabildo, está convertida en un gran taller de costuras. En lugar de las mecedoras y los muebles de siempre hay tres modernas máquinas de coser, una fileteadora, una gran mesa de patronaje y diez sillas que hacen parte del menaje que les otorgó el Ministerio de Cultura. 

Antes estuvieron tres meses en un espacio que les prestó Rosita Díaz de Paniagua en la calle de San Andrés. De aquí se trasladarán a otro que les prestará el Proyecto San Francisco y que está adecuando para recibirlas. Nada de esos traslados constantes las ha detenido en su empeño de aprender a coser nuestra tradición hecha vestuario festivo. 

Cinco de ellas son getsemanicenses de pura cepa. Regina Velasco -de Gimaní Cultural, gestora cultural y responsable de este proyecto- no duda en nombrarlas en voz alta con nombre y apellidos: Rijiam Esther Shaik, Alicia del Carmen Salguedo, Nubia del Carmen Pájaro Carriazo, Rocío Carmona y Yasmin Marulanda. 

Las otras cinco participantes, venidas de otros barrios, son Maribel Villareal, Cristina Galván, Yerlis y Yenireht Ibarra y Yuliana Consuegra, quien es la menor, con veintidós años. Y es  mejor no preguntar quien es la mayor. Varias generaciones se juntan en el Taller-Escuela Memoria de las Manos.

Y al parecer no son las únicas. Regina dice con orgullo que muchas otras personas han pedido hacer parte del taller. Las tres máquinas adicionales que vienen para la segunda fase deberían ayudar a ampliar el cupo de participantes.

Un taller-escuela es una modalidad de práctica y aprendizaje promovida por el  Ministerio de Cultura y, para este caso, gestionada por Gimaní Cultural, el gran referente del cabildo festivo de Getsemaní. La entidad responsable de los contenidos es la Escuela Taller de Mompox.

Jhon Franco es el maestro. Esta tarde para comenzar su clase ha sacado los moldes para hacer un capuchón tradicional. Sobre la mesa hay telas satinadas de colores brillantes, que él empieza a cortar con los moldes, mientras les explica los detalles de cada procedimiento. Las tijeras se empiezan a deslizar para darles forma a las piezas coloridas que luego se ensamblarán en las máquinas de coser.

Antes de comenzar, Jhon nos ha explicado que para este curso se escogieron cuatro danzas tradicionales: la cumbia, el garabato, los diablos espejo y la danza de cabildo. “De cada una deben confeccionarse dos vestuarios: el tradicional y uno en el que se intente innovar, pero sin perder la esencia de cada traje”, explica Jhon.

Y por esa vía se van aprendiendo los matices del vestuario festivo. “El garabato de Cartagena no es igual al de Barranquilla. Tienen estilos muy diferentes a pesar de compartir una misma esencia”, explica Regina. Esto es importante porque este taller-escuela no se enfoca solamente en la fiesta de Cabildo sino en la cultura festiva de toda nuestra región Caribe.

Ese enfoque tiene sentido porque las ambiciones del proyecto son más altas que este taller. Regina explica que en Gimaní Cultural visualizan un almacén donde los turistas puedan comprar vestuario festivo. Una falda de cumbia o una muñeca con un vestido festivo del Caribe, hechas con gran calidad artesanal son, por ejemplo, un regalo magnífico para llevar de vuelta a casa. Y ese valor agregado se cobraría y se quedaría aquí pues habría las costureras y artesanas habilitadas para realizarlo.

“Hemos tenido antes otros cursos y vendrán más. La idea es que como hay tanto hotel aquí en Getsemaní, que seamos las personas a las que les encarguen los uniformes y la lencería de los hoteles”, complementa Rijiam, la vecina líder de la calle de La Sierpe y participante del taller.

 Pero el foco no solo estaría en el cliente de afuera. Para el cliente local también habría opciones, según nos explicó Miguel Caballero, de Gimaní Cultural, cuando este proyecto apenas estaba en el papel. ¿Cuántas bodas, primeras comuniones o bautizos requieren de un vestuario especial, no solo para los protagonistas, sino para los acompañantes? Una camisa de  lino con motivos de la cultura caribe, para asistir como invitado a una boda, son ese tipo de productos cuyo valor agregado se paga bien y que hoy muchos vienen a buscar de prisa en boutiques de diseñador. Con mayor razón la comprarían en un almacén de gente local, con conciencia de barrio y de tradición.

El vestuario no estaría completo sin sus accesorios: las pulseras, los tocados, los aretes y muchos más, que van de acuerdo al vestido. Este año el énfasis eran las mariamulatas, como homenaje al maestro Enrique Grau. Primero se iban a elaborar talladas, pero los tiempos no dieron. Por eso optaron por otra solución: a unas cachuchas de colores oscuros les integraron con gran habilidad unos picos festivos de mariamulatas, con sus respectivos adornos y lentejuelas. El resultado es inmejorable. Tradición e innovación en una sola pieza. ¡Y a tiempo para el desfile del Cabildo!